Algo que era tan cotidiano antes, casi todos los fines de semana, ahora se ha convertido en un plan súper especial, con el que llevamos soñando toda la semana.
Hemos podido charlar, estar callados sin necesidad de hablar nada, paseando tranquilos, como antes... Sin prisas, felices.
Hemos almorazado tranquilos, sin levantarnos mil veces, en un restaurante donde no había niños, casi lo hemos agradecido por un rato, y luego, nos hemos vuelto a casa con la sensación de que ha sido un día genial.
Aunque por supuesto deseando de abrazar a mis tres soletes.

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